Una década después / Un relato de Eduardo Cobos

Una década después

Eduardo Cobos

a Paula Lavanderos

Si criticas lo que hago es un error
En vez de analizarme haz algo mejor
Solo conoce la verdadera intención
El propio autor
Chancho en piedra

      

I

A Ricardo Azuaje lo conocí hace unos años, cuando yo preparaba un artículo sobre chilenos de los noventa. Él trabajaba en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y se ofreció a prestarme algunos volúmenes incluidos en el concurso internacional de novela auspiciado por ese Centro. Gracias a Azuaje pude tomar notas decisivas para lo que hacía, incluso cité parte de un comentario del archivo del premio, de su cuño, sobre Jorge Collier. Este apuntaba especialmente a los desacertados logros artísticos de estos emergentes, que sin duda se han colocado con fuerza en el mercado.

Los que conocen a Azuaje, saben de sus opiniones críticas. Los argumentos son implacables a la hora de la evaluación de trayectorias, expectativas, logros o fracasos de los autores que lee. Además, Azuaje es un excelente escritor de ficción, pese a que sus libros no llegan a engrosar todos reunidos, y son cinco hasta el momento, un lomo de más de trescientas cincuenta páginas. Al hablar de esto entre los más cercanos, la comparación con narradores de importante obra breve no se dejaba esperar: los mexicanos Torri, Rulfo, el más paradigmático, o Arreola, los guatemaltecos Rey Rosa y Monterroso con ese cuento del dinosaurio, que todo el mundo detesta pero se cita hasta el hartazgo.

En todo caso, sus cuentos y nouvelles han creado toda una gama de lectores influyentes que incluye, por ejemplo, a José Balza, el cual lo ha promovido tanto fuera como dentro del país, o bien al crítico Carlos Sandoval. Este último se basa en un supuesto proteccionismo intelectual que ha servido para valorar a Azuaje y de paso a toda su generación. En definitiva, desde que apareció A imagen y semejanza, en 1986, su primera colección de cuentos, hasta La expulsión del paraíso, de 1999, Azuaje ha conseguido interesar a mucha gente y ocupa un sitio destacado en el panorama nacional, e incluso La expulsión… le valió comentarios favorables de Roberto Bolaño.

II

Ya han pasado diez años de la publicación de la nouvelle de Ricardo Azuaje Juana la Roja y Octavio el Sabrio (1991). El libro lo leí por casualidad apenas apareció. Me gustó de inmediato y como trabajaba en una librería, se lo recomendé a varios asiduos; muy pocos acusaron recibo de la lectura, exceptuando, y mucho después, a los arriba indicados, que al parecer lo  resaltaron por otras razones más vinculadas a la política cultural. Tengo la misma edición de Fundarte, toda subrayada y allí, en la contratapa, veo a Azuaje medio sonreído y con notorios años menos. En la actualidad le queda un copetín donde hubo casi una selvática mata de pelos.

Releo la edición a la cual le agregaron erratas por montones y una cantidad no despreciable de faltas ortográficas. Hace poco me enteré que en Fundarte eliminaron por completo las ediciones del almacén anteriores a 1995, por ello ni mal editada se puede adquirir esta pequeña obra maestra.

La historia es sencilla, como todas las elaboradas por Azuaje. En esta ocasión se recurre al complejo de Edipo como forma de armar la estructura de los personajes. Octavio vive una reciente vida de estudiante de derecho y luego de tres años se encuentra casualmente con su madre, Juana, en un mitin político en la Universidad Central. Comienzan a vivir juntos; y recrudecen una serie de recriminaciones que comprometen el entorno social, porque para ellos es imposible alejarse de lo obtenido como seres contrastados por sus aspiraciones. La medida del desencanto corrobora el despliegue del enamoramiento entre ambos: la proximidad al amor incestuoso y lo contingente traducido en la política, las esperanzas tanto de Octavio, que quiere una vida pequeñoburguesa, como la utopía incierta de Juana en la búsqueda del triunfo revolucionario. La convivencia se deteriora por la impostura que quieren mantener cada uno. Entre Juana y Octavio se crea la necesaria, en los aspectos de la tensión dramática, solución de continuidad de los pares de contrarios; es decir, la antinomia apariencia-realidad, hombre-mujer, padres-hijos, razón-imaginación, lo conservador y lo revolucionario, en las cuales los personajes escogen una visión de mundo franqueados por toda una trascendencia de época, que se remonta a los años sesenta con el estallido de la Revolución cubana y el Mayo francés. Estos discursos políticos difíciles de penetrar, debido a la falta de efectividad ante los hechos que cambian el panorama en cuanto a expectativas de vida, dan como asomo la improbabilidad de comunicación entre amantes. Juana muestra señales imperfectas de una ofensiva que restituya la corriente restauradora de lo “revolucionario” y, por otra parte, Octavio es persuadido por el estatus que le ofrecen los estudios, su padre que le financia la carrera y su convencional novia Alejandra.

En el relato se sugiere la muerte de ambos, aunque solo Juana deje de existir, pero en Octavio el no comprender las relaciones más complejas de su hábitat, gracias al aprendizaje voluptuoso ofrecido por la madre, asume la muerte filosófica al adaptarse a una vida plena de conformismo. Quizás esta es la más bella y descarnada metáfora que elucubra Juana la Roja…, la de poner en un pequeño entramado la constante más profunda de las generaciones involucradas en una modernidad avasallante, que fracasaron por el hechizo de no saber elaborar una utopía desde otra naturaleza de las cosas.

III

Con Ricardo Azuaje, después del artículo descrito al principio, hubo encuentros en los cuales fuimos intimando, es decir profesábamos esa levedad a veces deseable que ofrece la literatura, o como decía Pasolini: la conversación entre desconocidos sobre literatura es el reducto más aséptico, por lo tanto el más efectivo para eludir la privacidad.

Nos reuníamos de vez en cuando cerca de donde él trabajaba: una pollera que estaba a la altura de nuestro bolsillo. Allí podíamos conversar sobre política y, por supuesto, los libros casi siempre de ficción, los cuales iban saliendo a goteras en el deprimido mercado nacional, si es que lo ha habido, de este tipo de lecturas. Una vez en esos almuerzos de patas de pollo crujientes y doradas, acompañadas por yuca frita y la infaltable Regional bien fría, Ricardo me habló sobre la brevedad de los novísimos. Como siempre atacó sin piedad y, masacrando un gran pedazo de carne, señaló: viejo, el problema de lo exiguo es que nuestros escritores no apuestan por potenciar las historias, las dejan a la primera oportunidad. No es que dejen el trabajo inconcluso –antes de seguir se tomó un gran sorbo de cerveza–, las anécdotas se consuman y cuentan lo necesario, pero uno debería arriesgarse y desarrollar todavía más los personajes, exprimir la trama hasta llevar a un extremo el núcleo dramático de la acción.

Me fue prestando literatura de amigos suyos. Ya después nos encontrábamos con ellos, casi siempre en bares de chinos que, como todos saben, son los únicos sitios en los cuales traen desde la primera hasta la última cerveza fría y además son los más baratos. Pero esa vida despreocupada fue cediendo hacia una realidad más dura: en lo que se ha convertido el escenario político y las cosas han cambiado aceleradamente. Todo se fue poniendo turbio de repente, algunos crearon una sincera enemistad que al parecer durará por bastante tiempo.

Por su parte, Azuaje se fue a vivir, junto a su esposa Maite Ayala, a una remota parte: Santa Elena de Uairén. Lugar limítrofe en muchos aspectos, allí se encuentra la frontera con dos países y con etnias que enfrentan, conscientemente o no, su destrucción definitiva ya sea a través de la dispersión territorial o bien a la transculturización. En este gran espacio geográfico Ricardo y Maite se han propuesto tres metas: aprender la gramática de una de las etnias de origen caribe, sembrar palmas de ceje para extraer aceite comestible con la finalidad de comercializarlo y criar un hijo que viene en camino.

IV

Recién llegado de Chile, le escribí a Azuaje vía correo electrónico. Él sabía que yo no iba por allá hacía diez años. Por ello, le conté en 12 mil caracteres con espacio (esta costumbre de los caracteres se me quedó de mi frustrada experiencia como periodista) la situación social, política y de la bohemia en Santiago. Todo ha cambiado, resumí, para estar casi igualito como lo dejé. También le preguntaba si le gustaría que lo visitara pronto. Me respondió a los días afirmativamente. A fines de diciembre, el 23, me fui en el carro de mi novia, Paola Iturbe –y con ella, claro– a visitar a mis amigos.

Maite y Ricardo administraban un hotel, pero este negocio no dio resultado. En todo caso, sirvió ese fin de año para albergar a un montón de gente que, como nosotros, deseaba disfrutar de la naturaleza. Y allí estábamos luego de 20 horas de autopista. De igual modo, comenzaron a llegar los parientes y amigos de la pareja desde todas las partes del país. Y típico la cerveza en mano, los chistes y la conversación de cualquier cosa, pero sobre todo lo que nos rodeaba: el paisaje. Casi todos ya lo conocíamos bastante bien menos Paola. Lo malo es que ella iba precisamente a pasear, no a estar bebiendo y conversando. Una lástima porque no había forma de explorar los alrededores sin un jeep. Al final terminó siendo lamentable para mí porque se le despertó un síndrome de encierro.

Entre los invitados en Santa Elena se encontraba un amigo de toda la vida de Ricardo, que se llamaba Oscar Palenzuela. Me puse a conversar con él. Tenía como treinta años pero representaba más. Del tipo blanquito que parecía venido de los Andes o bien ser hijo de portugueses o gallegos. Oscar era producto de una infancia triste, esas fueron sus palabras, criado entre mujeres no le habían permitido ni siquiera ensuciarse la ropa con los amigos del colegio. Es decir, alguien en todo sentido sobreprotegido, se quejaba. Sin embargo, para Palenzuela todo cambió cuando entró a derecho en la Universidad Central. Su padre, profesional con recursos, le arrendó un departamento confortable, donde pudo pasar unos semestres de estudiante aliviado. Allí tuvo sus primeros amores con una mujer de clase acomodada, la cual lo abandonó, después de que Oscar, sin desearlo, se viera involucrado gracias a su madre, militante en la guerrilla, en un asunto criminal.

Eran tiempos –dijo Palenzuela– donde se tenía ideas no como ahora, mi madre se jugó el pellejo por esas cosas, y se le aguaron los ojos. Lo echaron de la Universidad, luego se puso a vender libros de derecho y no le fue tan mal, por lo menos no tuvo muchos aprietos económicos. Cambió el gobierno y a nadie le pareció mal lo vivido por Palenzuela, incluso una supuesta militancia revolucionaria la hizo valer para conseguir trabajo como periodista en un diario oficialista. En eso estaba al conocerlo. Se había casado hacía poco con Lisbeth Amoretti, que lo acompañaba silenciosamente y se le veía tranquilo.

No costó adivinar que él era la inspiración de la nouvelle. Le pregunté a Ricardo: ¿qué tan parecidos eran Oscar y Octavio? Mira –me respondió con esa voz medio ronca que pone a veces– en nada y en todo: Madame Bovary soy yo. Sí, claro, –le dije, riéndome–, pero qué de ficción y qué de realidad. Los dos estuvieron en un punto –continuó Ricardo, con ganas de hablar de su personaje– donde nada importa. La madre se les murió en un altercado político y no pudieron salir de eso. La verdad no sé qué le podría haber pasado a Octavio. Bueno, creo que ese es el centro en Juana la Roja, todo es incierto y no había otra forma de acabar con su vida. Es decir, que a veces al escribirlos, se supone que los personajes son solo eso. Pero en mi relato intenté fragmentar todo, incluyendo la posibilidad de que pudiera ser interpretado más allá de esas páginas. Además, los muertos solo viven en nuestra imaginación –dijo. Y se quedó un largo rato mirando el paisaje.

*Este relato fue publicado en Pequeños infectos. Caracas, Fundarte, 2005.

Eduardo Cobos (Santiago, 1963). Residió en Caracas entre 1990 y 2016. Escritor, investigador, traductor, editor. Licenciado en Historia por la Universidad Central de Venezuela (UCV) y la Universidad de Chile. Magíster en Historia por la Universidad de Valparaíso (UV). Editor de la revista cultural La Antorcha Magacín y de Schwob Ediciones. Ha publicado los libros: Tres Postales Tres. Bolaño, Lemebel, Piglia (Entrevistas). Valparaíso, Schwob Ediciones, 2022; Los últimos días de John McCormick. Valparaíso, Inubicalistas, 2018; La muerte y su dominio. El Cementerio General del Sur en el guzmanato, 1876-1887. Caracas, CNH, 2009. Pequeños infectos. Caracas, Fundarte, 2005, entre otros. Ha sido incluido en varias antologías de cuentos en Venezuela y Chile. Ha traducido a Schwob, Ivo, Scliar, Mansour, Loyola Brandão. Premio Fondo del Libro y la Lectura, Línea de Creación, 2018, Ministerio de la Cultura de Chile; Finalista, «Concurso de Cuentos Paula 2016»; Mención Honrosa, «5° Concurso Nacional de Cuentos Teresa Hamel», SECh, 2014; Premio de “Investigación Humanística y Educativa” FHE-UCV, 2008. Premio “Concurso de Investigación y Difusión de la Historia de Venezuela”, CNH, 2008. Premio de Narrativa Fundarte, Alcaldía de Caracas, 2005. En la actualidad se desempeña como docente en la UV y cursa el Doctorado en Estudios Interdisciplinarios de la UV.

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