#Darien / Entrevista a la documentalista Tatiana Rojas

#Darien / Entrevista a la documentalista Tatiana Rojas

Tatiana Rojas, venezolana, activista, investigadora, radicada en Nueva York, se viste de directora por primera vez con #Darien, un documental necesario, ágil, que hace uso inteligente del basto archivo de las redes sociales que los mismos migrantes han ido subiendo a lo largo de los años, como crónicas desgarradoras de una migración forzada.

Un documental que discurre entre tres testimonios a migrantes venezolanas, quienes relatan su travesía, sus aspiraciones y nos muestran cómo viven actualmente en la gran manzana. Una obra que nos habla de las carencias, del riesgo que implica emprender una travesía semejante con un desenlace desconocido, pero también un relato plagado de solidaridad, de arrojo y tenacidad por lograr una vida mejor.

Tatiana Rojas ha concedido una entrevista a Fabla Salvaje Magazine en la que nos comenta el rol que han jugado las redes sociales en el proceso migratorio, nos brinda un bosquejo de las posibilidades de trabajo en Estados Unidos y finalmente comenta cómo fue el proceso de realización del documental.

— ¿Tatiana, de qué manera crees que el algoritmo de las redes ha influido en el proceso migratorio?

Los intercambios en redes sociales han sido un elemento clave en esta gran ola migratoria por la selva del Darién. Después de mi investigación y de la realización del documental, puedo decirte que allí se cifra una de las condiciones de posibilidad más determinantes. Atravesar esa selva era inimaginable, no había imágenes de referencia de cómo esto era posible, hasta que los migrantes comenzaron a autodocumentar y postear masivamente sus travesías. Ahora esas imágenes están disponibles, pero no es sólo por cómo funciona el algoritmo, que es algo que los usuarios no controlamos. En primer lugar, está un aspecto del que sí tenemos control, que es el interés por saber, por compartir información, por mostrar y por ver esas imágenes. Eso es lo primero que hace falta para entrar en los grupos y seguir las cuentas donde están canalizadas esas inquietudes. Por ejemplo, entre los años 2021 y 2022 yo participé en un grupo de Facebook que llegó a tener más de doscientos mil miembros, en el que confluían una variedad de personas haciendo diferentes cosas: por un lado gente que estaba considerando lanzarse, haciendo toda clase de preguntas a la gente que ya lo había hecho. Mucha auto-afirmación y mucha celebración de la fuerza personal y colectiva necesaria para el reto, alternando con muchas advertencias de los múltiples peligros y denuncias del crimen organizado que opera en la zona. Gente que animaba a otros hacerlo y gente que, a partir de su experiencia propia, rogaba a los demás que no lo hicieran. Junto a ellos otra gente ofreciéndoles servicios–casi siempre dudosos–de transporte, acompañamiento y orientación. Al lado, familiares desesperados buscando a personas desaparecidas. Vi muchísimas fotos de cadáveres que los caminantes mostraban para ayudar a que fueran reconocidos, o videos de gente herida varada en el camino suplicando auxilio, porque no podían caminar y nadie podía cargarlos, y lo único que se podía hacer por ellos era grabarlos para difundir su necesidad de rescate. Y por último, observadores curiosos y atónitos como yo. En general, prevalecía allí un espíritu comunitario guiado por la necesidad de dar y recibir ayuda, impregnado de religiosidad, y en el medio gente con distintos parámetros éticos queriendo hacer dinero. Como el grupo tenía tantas publicaciones al día, el algoritmo lo privilegiaba en mi timeline, pero también yo lo visitaba expresamente cuando no me aparecía. Finalmente, el mensaje que Facebook repite por todos lados, en cada comentario, en cada reel, en cada sugerencia es “ver más, ver más, ver más”. Así estamos todos: migrantes y no migrantes, entre fascinados y chantajeados, aceptando esa invitación voluntariamente todo el tiempo.

— ¿Crees que existe un interés detrás de las transnacionales para que la gente migre al Norte?

Te diría que la llegada de los migrantes le conviene a todo aquel que necesita mano de obra barata. Para eso no tienes que ser una trasnacional. Puedes ser una señora dominicana muy solidaria, dueña de una peluquería en el Bronx, que lucha para mantener su negocio en pie, pero no le dan las cuentas para contratar una manicurista con una licencia profesional que cuesta plata sacar. Puedes ser el dueño del restaurante sirio de la esquina, o el gerente de una empresa constructora gigante que necesita más obreros este mes, y que maneja miles de millones sin ser una trasnacional. Te hablo por Nueva York, que es la única realidad que más o menos conozco.

— ¿Consideras que han sido más responsables los malos gobiernos del sur que los medios digitales para forzar a la gente a migrar?

Pues sí. Creo que una cosa son las condiciones de posibilidad y otra muy distinta las responsabilidades. Sin duda los malos gobiernos son los principales responsables de que la calidad de vida en los países de origen sea pésima y la gente no logre imaginar un buen futuro para sus hijos en las próximas décadas. De primero en esa lista el gobierno actual de Venezuela.

— ¿Opinas que los migrantes latinos tienen oportunidad de surgir en Estados Unidos, cuando este país atraviesa una gran crisis, con un alto nivel de desempleo?

Aquí hay trabajo. Quizás habría que revisar cómo se mide el desempleo para ver si entran o no en la ecuación esos empleos precarizados de los que te comentaba arriba.

Te cuento un ejemplo que me parece ilustrativo. Hace un par de días, haciendo voluntariado con una organización que recoge donaciones para entregar ropa gratuitamente a los migrantes, conocí a una muchacha venezolana que había llegado hace un año con toda su familia: madre, padre, esposo, dos hijos pequeños y un hermano. Habían vivido cinco años en Colombia antes de tomar la decisión de venir aquí. Conversé con ella largo rato. Me contó que estaban locos por salir del refugio que les proporcionó el gobierno de la ciudad, pero aún no lo lograban. No han conseguido trabajo, están pensando aceptar una oferta en Tennessee, donde es más barato el alquiler y les hablaron de una fábrica que paga 18 dólares la hora. Mientras tanto, aquí en Nueva York pudieron alquilar un par de bicicletas y están haciendo delivery. Exactamente eso mismo hacían en Colombia. Entonces le pregunté si hasta ahora le parecía que había valido la pena venir, y ahí me contó un detallazo: su hermano es esquizofrénico. Ni en Venezuela ni en Colombia lograron darle atención adecuada. En cambio aquí llegandito recibió tratamiento y medicación ininterrumpida. “De nuevo es él mismo”, me dijo esta chica. Como sabemos, cuidar un enfermo es un trabajo pesadísimo que recae casi siempre sobre las mujeres de la familia, por lo cual, ahora ella y su mamá tienen la oportunidad de trabajar y descansar más. De nuevo: eso es Nueva York, un lugar jodidamente difícil de navegar, pero que para ciertas cosas humanitarias tiene políticas muy progres. Dudo que esos servicios médicos estén tan a la mano en estados republicanos, pero no lo sé, no tengo claro el panorama general.

Mi impresión, a partir de los casos que tengo cerca, es que sí hay oportunidades de ir mejorando a mediano y largo plazo, a costa de sacrificios enormes, y decisiones acertadas de por medio.

— Cuéntanos por qué decidiste hablar sobre este tema.

Ay, déjame que suspire. Yo vine a Estados Unidos porque me gané una beca completa para hacer un doctorado en el departamento de Español y Portugués de NYU. Mi tesis va de escrituras feministas sobre embarazo y aborto en Latinoamérica. Mi pregrado y maestría también fueron en literatura, pero el grueso de mi experiencia laboral ha sido en cine documental y en televisión. Al poco tiempo de estar aquí, descubrí que había un programa en Cultura y Medios, que coordinan en conjunto los departamentos de Cine y de Antropología de NYU, y, como no tenía ningún título que certificara mi experiencia en audiovisuales, decidí inscribirme. Ese programa tiene un taller práctico en el que el producto final es un cortometraje documental que realizas con los equipos de la universidad. En eso estaba cuando comenzaron a llegar masivamente los autobuses de migrantes venezolanos que los gobernadores republicanos de los estados fronterizos estaban enviando a Nueva York. De verdad yo había pensado que retomar mis estudios en literatura iba a significar una especie de desconexión y descanso–al menos por unos años– de los asuntos urgentes de la actualidad venezolana y de mi activismo. Pero ahí estaba yo, en el lugar indicado, con una cámara increíble en la mano y una isla de edición con todos los hierros a mi disposición, con toda mi experiencia y con la asesoría de unas profesoras fantásticas. Así que lo asumí como un deber y una misión prácticamente inevitable. 

— ¿Cuál esperas que sea la reacción de la gente que vea este documental?

Espero que sea una herramienta para informar y sensibilizar sobre una situación que en general se desconoce bastante, y para romper con los estereotipos que distintos sectores han posicionado sobre los migrantes, ya sea como víctimas absolutas, como criminales, enemigos públicos o traidores a la patria. En Venezuela espero que sea un material para debatir y procesar una realidad muy dolorosa y compleja que nos afecta a todos de una u otra forma. Y por último, esperaría poder estimular una reflexión sobre los usos contemporáneos de la imagen, las redes sociales, y sus efectos en el deseo y las decisiones de las personas. 

— Cuéntanos un poco sobre el proceso, ¿Cuánto tiempo te tomó realizarlo, tuviste algún inconveniente con respecto a la utilización de las tomas de apoyo o resistencia de parte de algún participante?

No he tenido ningún inconveniente hasta ahora con el uso de imágenes producidas por terceros. Son fotos y videos virales que ya estaban circulando por todos lados en grupos públicos, y estamos acogiéndonos a los criterios de “uso justo”.   

Y sobre el proceso, te cuento que comencé haciendo voluntariado con esta organización que te comentaba, llamada Team TLC NYC. En ese momento estábamos entregando ropa en el terminal de Port Authority, donde venían de Texas a Nueva York los autobuses llenos de migrantes. La inmensa mayoría de personas que llegaron en ese año 2022 eran venezolanas. Allí pude entablar conversaciones y hacer decenas de entrevistas preliminares. En paralelo fui observando exhaustivamente los intercambios en redes en torno al paso de la selva y allí fui recolectando las fotos y videos virales. Después conocí a las protagonistas, con quienes todo fluyó de maravilla porque nos fuimos haciendo amigas y ellas verdaderamente tenían una necesidad imperiosa de contar su historia.

Los procesos de preproducción, rodaje, edición y producción del tema musical original tomaron aproximadamente dos años. La película se siente terminada, pero aún faltaría corregir detalles de postproducción de sonido y color. Ahora estamos buscando fondos para eso y para llevar adelante una campaña de impacto y una buena estrategia de distribución (te hablo en plural porque he tenido la suerte de poder sumar al proyecto un equipo de colaboradores de lujo en cada etapa). Mientras tanto, hemos decidido iniciar ciclos de proyecciones comunitarias en Caracas, Nueva York, Quito y Lima, porque sentimos que el debate es urgente y hay muy pocos materiales para darlo.

El tema musical que hice con Salomón Lerner y Luke Grande expresamente para #Darien, se llama El norte es una quimera (loquera) y es de lo que más me gusta de la peli. Es una adaptación de la canción tradicional de Luis Fragachán, que ellos arreglaron e interpretaron brillantemente, con una nueva letra que hicimos entre los tres, basados en las entrevistas del docu. Creo que el tema exige despegar ya y tener su vida propia, así que lo estaremos compartiendo muy pronto, antes del estreno oficial de la película

Tatiana Rojas Ponce es venezolana, investigadora, activista y documentalista. Actualmente cursa el doctorado en Español y Portugués con certificado en Cultura y Medios en la Universidad de Nueva York (NYU). Ha trabajado en múltiples proyectos audiovisuales relacionados principalmente con movimientos indígenas y luchas feministas en América Latina, en los cuales ha ocupado los roles de editora, productora, guionista y coordinadora de postproducción. Ha resultado dos veces ganadora del premio al mejor montaje en el Festival Internacional de Cine Documental Santiago Álvarez de La Habana (Cuba). #Darien es su primer trabajo como directora.

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