Lo popular en el cine o algo vive mientras palpite el corazón – Jesús Enrique Guédez

Lo popular en el cine o algo vive mientras palpite el corazón

Jesús Enrique Guédez, uno de los pilares fundamentales en cuanto a cine social y político en la esfera venezolana, presentó esta ponencia que reproducimos a continuación durante las Primeras Jornadas de Reflexión sobre el Cine venezolano, que se realizó en la Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 8 de mayo de 1997.

Para hablar sobre un tema que pueda ser objeto de un intercambio de ideas, se exige alguna precisión iniciadora. ¿Se satisface esta condición cuando el tema es lo popular en el cine venezolano? Más que el sujeto sería la referencia, el cine venezolano, la vía delineante para encontrarnos en un plano de comprensión.

Porque lo popular -como nos lo han enseñado- es un invento definitorio que tendría sus raíces en el desmembramiento de las poblaciones trashumantes que desaparecieron en las borrascas de otras edades, con seres sin patria, sin hogar y sin trabajo. Por allí quedaron figurando en Gargantúa, en los cuentos de Chaucer, en el diario de Cellini, y en los juegos y placeres divinos y satánicos de Bosch, en los alaridos de Carmina Burana; grey vagabunda que se transformó en burgos cuando el hombre sedentario se alzó por encima de sí, individualizado como estatua. Nacía la persona íntima que nos habita hasta ahora. El burgués dueño del poder y el artesano súbito, trabajador, pobre: el hombre popular.

Una ruptura que ensombreció desde antaño hasta hoy los sistemas de las utopías sociales. Algunas mentes extrañas que se aislaron de estos bandos: artistas, santos, poetas -siempre los que no tienen nada que desear y nada que perder- nos dejaron los retratos, las figuras del hombre íntegro -oposición al unidimensional, parcial, que alguien definió acertadamente-, Lao Tsé, Cristo, Leonardo, Villon conocieron a aquel hombre. Entretanto la humanidad ha padecido héroes transitorios, que desaparecen en el sacrificio para que los impostores proclamen sus ideas mientras ejecutan otras soterradas y crueles.

Parece que caigo en la tentación de complacerme en asociaciones de la imaginación. A veces es mejor sentirnos admirando las creaciones bellas. Sin embargo, recuerdo que los estudiantes de esta universidad (UCAB) esperan que yo, que he incursionado en el cine, y en los hechos del hombre desposeído, y además soy profesor, sea capaz de hablarles sobre los personajes populares en nuestras pantallas. Ya ven, las palabras –personajes populares– me arman la trampa. Un filósofo dijo hermosamente el juego del lenguaje refiriéndose a esta situación imprevista. Después de todo, es mejor jugar con los juguetes indomables, desvalorizados del lenguaje que quedarnos callados. Asumimos la existencia hablando.

Guédez junto a Titto Graffe. Foto de Alexis Pérez Luna.

Pero es del cine, el cine venezolano, para lo que se nos convoca a hablar. Podríamos comenzar, como nos hizo entrever Joris Ivens, errante por el mundo en enterno conflicto, que solamente existe el cine: imágenes de un sueño fingido que se ve en la oscuridad para simular la noche.

Ahora quisiera referirme a Stevenson, el de La isla del tesoro, y esta es la ocasión. Dijo este descreído del imperio en las desoladas islas del Pacífico que la gente se identifica con lo que ve porque siente vivir lo que sueña.

El cine, invento de un desvelado afiebrado, quizás delirio de un científico novel, metamorfoseó -como las creaciones mitológicas- todo objeto visible; consolidó las formas de las imágenes con la palabra y la música. La vida, latente en la palabra y congelada en la pintura, reencarnó la anhelada transmigración de las almas a través de las imágenes parpadeantes del cinematógrafo. El axioma del misterio del tiempo o el aforismo de San Agustín, que navegaba en las fuentes heraclianas, se hizo realidad, aun realidad ilusoria, simulada en las salas de cine: nuevos templos profanos para el público dócil.

Los primeros films de los camarógrafos Lumière, como los trazos en los muros de la cueva-hogar o el grito contenido en gemido de dolor, tienen como objeto y sujeto al hombre. Sus representaciones son sombras que vienen o se alejan, entran o salen aparecen o desaparecen por conjuro mágico, como en el misterio de los sueños. Los obreros que salen de la fábrica son vistos por una cámara escondida detrás de la pared de enfrente; la travesura del muchacho con el regador del jardín en estío, se sucede en la pantalla y fuera de ella; presencia y ausencia, continuidad de la vida invisible en lo visible, que no existe sino en la memoria inmediata. El hombre que ve (camarógrafo) y el hombre visto (sombra en la pantalla). Las imágenes que se rebelan y nos ven acusatorias o candorosas.

¿Qué tienen que ver estas digresiones pretenciosamente metafísicas con nuestro cine y lo popular? Algo, pienso yo, para atreverme a abordar ciertas explicaciones.

Entre nosotros, sociedad histórica definida como nación venezolana, el cine comenzó con Juan Vicente Gómez. Si me oyera Manuel Caballero, amigo y compañero del grupo Tabla Redonda de los turbulentos años 60, lo incorporaría a la retahíla de bondades liberales, muy a su pesar, del dictador. He aquí la razón de mi atrevido aserto. Las noticias y reportajes de los Laboratorios Nacionales inmortalizaron, es decir, auguraron vida eterna, embalsamada, al dictador filmado con su clan familiar, arrogante, imperturbable, mirando a nadie por sobre los cadáveres del cementerio privado de su régimen.

Gómez, la figura emblemática fabricada por el cine en nuestro acontecer político. Diría más bien, en nuestro padecer social.

Lo que Pocaterra en Memorias de un venezolano en la decadencia, Antonio Arráiz en Puros hombres, Miguel Ramón Utrera con el simbolismo atroz de La sombra temeraria nos develan, es el costado sangrante de los camarógrafos temerosos, enfocando sus objetivos inocentes hacia el cuerpo real, imbuido en su poder brutal, con la mirada arrogante del viejo militar despiadado.

Por todo esto, me atrevería a pensar que el cine nacional tiene su partida de nacimiento extraviada en el primer día de proyección del noticiero de los Laboratorios Nacionales.

Sin embargo, este Gómez, como tantos, visto aislado, retratado ecuestre señoreando en su hacienda, encarnaría en frustración vergonzante los deseos de fortuna, placeres y poder incubados en las ansiedades de nuestra breve vida republicana. Para el espectáculo de las decisiones pragmáticas, el pueblo sufriente es un término de silogismo tramposo de hábil sofista.

¿Dónde están en nuestro cine Pocaterra, Arráiz, Utrera o el más reciente, José Vicente Abreu; que muestren la vida y la pasión del pueblo, pueblo en sentido llano: el despojado, desempleado, preso, enfermo, castigado por la justicia, constreñido en camisa de fuerza por nacer venezolano?

Vuelvo a reconocer, desgraciadamente, en el claro-oscuro tenebroso de la dictadura de Gómez -pues en el plano general se mueven personajes cercanos y lejanos-, a los campesinos que recogían algodón, a los soldados en la paradas militares, a los devoradores de terneras asadas; a todos flacos, palúdicos, hambrientos, temerosos.

Me contaba un viejo camarógrafo de aquella época que cuando filmaban al general sentían miedo de tenerlo tan cerca y aislado por el lente; pero que contenían la respiración y serenaban el pulso para que no les temblara la cámara. Como compromiso ético calificarían los estudiosos la conducta humana en tan riesgosa situación. Pero había otros que también sentían miedo al lado del dictador y, sin embargo, lo alababan con voz temerosa para conservar las prebendas de su provechoso servilismo.

No soy quien, como se dice, para concluir con fórmulas o recomendaciones sobre la mejor manera para reflejar en nuestro cine la imagen del pueblo. Y no lo digo por recursos de falsa modestia de prologuista o conferencista; lo que una persona suspicaz podría deducir echándome en cara que se supone que yo sé lo que es popular, porque he intentado definirlo y además recojo en imágenes personajes de este lado de nuestro ser social (gente de los cerros, de la miseria, artesanos, estudiantes, obreros, etc).

Foto: Jesús E. Guédez.
El pintor popular Bárbaro Rivas.

Tampoco me referiré, como alguien actualizado puede esperar, a esos micros, reportajes o documentales, que si bien enfocan su objetivo hacia el pescador, el campesino, el artesano -hombres con labor meritoria muy privada e independiente-, en sus filmes los segregan de su ambiente, les traducen sus palabras a la voz amanerada de un imitador profesional, para construir personajes que se gana nuestra estima porque se asean con milagrosos detergentes, fuma y beben fuera de la pantalla. Personajes elevados a paradigmas de buen vecino, ahorrista, buen ciudadano, en síntesis: dóciles consumidores, ¡como debe ser!

 Las imágenes que nos abrigan manipuladas por avezados publicistas del esperanto persuasivo, saqueadores de nuestra cultura hasta los substrato que han logrado sobrevivir en la tradición popular.

Para no pecar de vano, tampoco quisiera hablar de mi trabajo, porque aconseja la discreción que este mendrugo se deje a los críticos. Pero algo tengo que decir puesto que la razón de mi presencia aquí es para decir algo sobre mi labor. Para resumir, no creo comprometer a nadie con lo que digo pues son hechos íntimos y simples, con algunas felices coincidencias que me han conmovido: vi a campesinos de Lara, analfabetos, hablando de la existencia o filosofando con Argimiro Gabaldón; a una madre que escondía su rostro y alzaba la voz para contarme cómo reconoció a su hijo, muerto por la policía, en los bancos de la morgue; a un revolucionario perseguido, con su cuerpo descuartizado por las torturas, que me contó su vida acorralada en un jardín botánico; a tres muditas de la Mucuy (Mérida) que pasan la vida pintando sobre relieves de arcilla, la casa donde han pasado sus años; vi en Manicuare, mar azul y tierra roja del poeta, a Herminia Pereda, a sus 84 años, hablar de su infancia como del ayer próximo.

Para finalizar, porque enumerar lo que vemos en los recuerdos es una cuenta larga, asocio, con este agradable momento que me brindan ustedes, de nuevo a Stevenson, el de La isla del tesoro; el que descifró lo popular en la vida frugal de los pobladores de una pequeña porción de tierra olvidada en le mar; lo asocio con el poeta Miguel Ramón Utrera, quien me dijo un día viéndome con sus ojos nublados en su transparencia final, que mientras nos deje la vida o la muerte todavía tenemos tiempo para conocer de cerca al hombre del pueblo.

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