A decir de Arturo Uslar Pietri, existen dos venezuelas: la ficticia, que corresponde a un alza momentánea de los precios del petróleo y que se refleja en el país cuando vemos que se multiplican los centros comerciales por doquier, cuando el aparato burocrático se infla como rana, y cuando se regalan instrumentos musicales; y la Venezuela real, en la que, cuando el precio del crudo desciende porque amainó la guerra en algún lugar y la demanda del recurso mermó, se traduce en la insostenibilidad casi absoluta de lo que el país ficticio pretendió vivir.
A través de los sueños y anhelos de tres niños del Sistema Nacional de Orquestas de Venezuela, los Niños de las Brisas nos narra de manera contundente y excepcional la transición que vivió Venezuela durante un período de 10 años (2009-2019), pasando de ser un país ficticio “enriquecido” a un país real “empobrecido”, extremadamente real, ciclo que ya habíamos experimentado con el Viernes Negro y el Caracazo, pero que a veces se olvida, embelesados o esperanzados por una nueva alza petrolera y su engañosa pujanza.

Un documental que te marca profundamente, que te abre nuevamente la herida que llevamos todos los venezolanos, porque todos aspiramos algún día en convertirnos en seres de provecho, producto de un arduo esfuerzo, en ser hombres y mujeres orgullosos de ver crecer la nación con nuestro aporte, para ver brillar esta Tierra de Gracia.
Pero los Niños de las Brisas nos da un duro golpe de realidad, zarandeándonos, y recordándonos que no solo el conocimiento y dominio de un arte por parte de unos cuantos, redime a un país, sino que las condiciones políticas y económicas, atraviesan y se entrecruzan entre la esperanza de cualquier joven y la capacidad real de plenitud. No basta el Sistema de Orquestas, por muy maravilloso que sea, necesario es un país donde no solo los jóvenes que se inicien en la música, sino todos los que aquí habitan, puedan vivir dignamente y puedan desarrollar con orgullo el oficio al que han consagrado sus vidas, sea el que sea.
Un documental espejo, en el cual vernos honestamente reflejados; un documental memoria, que nos recuerda una década que sacudió el país; un documental escuela, que nos enseña que sin diversificación de las capacidades productivas, Venezuela volverá nuevamente, tarde o temprano, a vivir otra década parecida o peor; un documental mayor, de esos fundacionales, que marcan un antes y un después, por su persistencia en el tiempo, por su clara estructura narrativa, por su compromiso, por su trato y respeto por cada uno de los protagonistas.
En fin, un documental que seguro se convertirá en un referente indiscutido de nuestra filmografía.

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