Autor: Miguel Guédez
Desde que vi esta película en su estreno siempre quise comentarla. Es de celebrar que Calzadilla haya rescatado este funesto episodio ocurrido durante la cuarta República desde un punto de vista bastante anecdótico e íntimo, y despojándolo de intereses ideológicos evidentes.
Resalta en la construcción del relato, el esfuerzo por mostrarnos el lenguaje llano, la mirada sin pretensiones y, sobre todo, y esta es la razón del film, la capacidad de aferrarse a la verdad y solo a ella, como una cuestión de honor. En este sentido, es una obra moralizante, pero que evidencia, desde la ingenuidad de nuestro pueblo, una bella e imperturbable moral. Creo que es el mayor logro de la película, la coherencia del relato, aferrándose a un solo pilar, la defensa de la verdad.
Está demás decir lo evidente, la acertada interpretación de los protagonistas, por su austeridad en el gesto, por su verbo reducido pero certero y cómo a pesar de estos recursos que son difíciles de sostener, no se agotan, sino que crecen y acentúan sus virtudes. Recuerdo las palabras que nuestro cineasta recién desaparecido, Joaquín Cortes, me comentó una vez: “la escogencia de quién será el protagonista es la clave de una película”. Joaquín aplicaba este lema tanto para ficción como documental.
Por otra parte, es evidente que la mayor debilidad del film se haya en el conflicto, y en su capacidad de sostener el drama cautivador hasta el final.
Los antagonistas, desde su concepción, reparto e interpretación, se muestran caricarituzados, sin fuerza, no convencen en sus actitudes y esto le resta muchísimo a la tensión del film. Sin embargo, está tan bien resuelto por los protagonistas, que los antagonistas quedan casi como accesorios colgantes y satelitales, mas no como personajes que inciden una presión real sobre el destimo de los acusados.
El final del film tampoco convence, se desvaneve en el aire, y no cierra.
Creo que Calzadilla, con esta obra, es de los pocos cineastas de los últimos años que ha logrado un film que viaje por las entrañas de nuestro país, sin miedo, sin pretensiones desmesuradas, sin desvirtuar nuestra ideosincrasia.
Un logro mayor, sin duda, del cual deberían de desprenderse muchas obras. Hace falta una reconstrucción sensible de la memoria de nuestro país. Así como a los europeos les encanta contar sus tragedias desde todos los punto de vista posibles, los cineastas venezolanos parecen desinteresados por nuestro pasado.
Espero que Calzadilla se recupere pronto, y que sea consciente del camino que ha marcado. Ojalá siga inspirado por el aliento que el país transpira y se mantenga distante de la gran industria del cine, fábrica de chatarras.
