Simón, qué fallo.

Autor: Miguel Guédez.

No voy a hacer un análisis político de la película, como la mayoría de críticos u opinadores de oficio han querido emprender, porque sería caer en un terreno donde nadie podría tener una razón final, sencillamente porque la política es más pasión que otra cosa. Por tanto, me remitiré a plantear por qué Simón, no solo no merece representarnos en los Oscars, ni representarnos en el cineclub de La Bombilla en Petare, si es que este existe.

Empecemos por lo bueno y meritorio. Es destacable la actuación del protagonista, y personajes sencudarios, Chucho y la gringa. Gracias a ellos, podemos llegar al final y no salirnos a la mitad. Estos personajes conservan cierto límite en sus expresiones, que no les permite caer en el ridículo, donde Franklyn Virgues, no defrauda, y se sambulle de cabeza, tragándose el mar entero. Nunca se le salió la telenovela de la cabeza al hombre.

Otro punto a favor es la fotografía. Aunque yo soy de la opinión de que en la actualidad, con tal cantidad de avances tecnológicos, es casi inadmisible e imperdonable, ver una película mal fotografiada hoy día. Sin embargo, creo que abusan de los primeros planos, y faltó más movimiento de cámara, a veces se le nota un tanto estática.

Examinemos ahora el corazón de la película, su guion. Aquí es donde nos hallamos ante un sinfín de incongruencias, acciones forzadas, y escenas reiterativas que hacen perder el interés discursivo pronto.

Simón, migra, pero llega a un mundo (Miami) que pareciera estarlo esperando con los brazos abiertos. Y todos los problemas u obstáculos (internos y externos) que se le van planteando durante sus periplo por conseguir el asilo político, parecieran solucionados por la Deus ex machina, tan terrible para todo film, como así lo advierten tantos teóricos y maestros del guion. Es así, como el presente del protagonista, es un caminar sobre nubes, quizás para contrastarlo forzadamente con lo cruento de la tortura y la represión de los cuerpos policiales y militares venezolanos.

Más interesante hubiese sido mostrar a un inmigrante pasando aceite en Miami, teniendo que superar el trauma que trae al mismo tiempo que lucha, desde abajo y como realmente sucede, por hacerse un espacio en su nuevo mundo. Pero no que todos sus problemas se los solucione la buena y bondadosa gringa y la hada madrina de Pakriti Maduro.

Vayamos al arte ahora. Una excesiva asepsia visual de principio a fin, alejan rápidamente al espectador del mundo perturbado que debería reflejar el protagonista. Es decir, el decorado no ayuda para nada a reflejar y/o reforzar o contradecir, ese mundo interno del protagonista. Solo por dar un ejemplo y darme a entender: hasta el depósito de objetos robados es un lugar tan pulcro y bien iluminado, que pareciera más una pequeña sucursal de Amazon que un lugar de aguante de rateros callejeros.

Una película que hace de la lucha estudiantil un Poster en slow motion, y cuyos recurrentes discursos morales y proféticos rayan en el extremo, a tal punto de llegar a convertirse en un concurso de frases bonitas y elocuentes, de manual de retórica, más que de una realidad social.

Una película que le faltó mucha calle, mucha alma, salir de la zona de confort desde la que fue construida y evidenciada, porque esto último se nota a borbotones y cansa.

Sin embargo, es una obra meritoria y necesaria de algún modo, en el sentido en el que refleja el pensamiento de una parte de los actores y dolientes de la historia reciente de este conglomerado, enjambre o pasticho que llamamos Venezuela

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